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lunes, 5 de agosto de 2013

Educación... ¿de puertas abiertas?

Bienvenidos a una nueva entrada en este blog, amables lectores. En esta ocasión, trataré un tema que continuamente está en boca de toda la opinión pública, y que pareciera que no es importante para ninguna administración gubernamental: la educación.

Principio haciendo una diferencia entre la educación y la instrucción. A raíz de la fundación de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el primer término se ligó al conocimiento que reciben las personas en las aulas de clase mediante los profesores (ahora llamados ellos mismos como facilitadores). Sin embargo, educar involucra también la labor que se realiza en las casas para conducirse con ética (principalmente) ante la sociedad, además de los valores que se inculcan para ser personas de bien. En cambio, la instrucción es la que hace referencia justamente a todo lo que se aprende en la escuela, y que da las herramientas para continuar con el cultivo intelectual de las personas.

En estos últimos días, este tema volvió a estar en la mira. Y es que existe una alarmante cifra de que cerca de mil 800 jóvenes desertan del bachillerato. La Constitución ha establecido que este nivel escolar ya es obligatorio. Pero la realidad dista mucho de concordar con lo que las leyes dicen.

Es cierto que esa cantidad de chicos que se van de las escuelas diariamente (en promedio) es escandalosa y a la vez, preocupante. Sin embargo, los planes emergentes que la propia SEP ha implementado no son la panacea para resolver el problema de deserción escolar.

En el caso de la educación superior, la SEP se vio en la necesidad de incrementar el número de lugares que se ofrecen en diversas instituciones (como la UNAM y el IPN, entre otras más) para que pudieran entrar más alumnos a diversas carreras de su interés. Pero ello tampoco es una solución que pudiera prevenir que dejen sus estudios durante el transcurso de la carrera.

En el afán de hacer valer la Constitución, este 2013 sucedió una cosa inédita: que un chico que sólo respondió una pregunta (de 128) de una prueba para ingresar al bachillerato, pronto podrá entrar a este nivel académico, junto con otros miles de jóvenes que se prepararon meses para ese examen y que lograron responder bien la mayoría de los reactivos.

La cuestión, al igual que se planteó unos párrafos antes, no es el hecho de que este muchacho acceda o no al bachillerato. Sería una buena noticia si es que realmente fuera un estudiante que aprovechará la oportunidad que se le está dando. Si no es así, volveremos al punto que siempre ha sido la espina clavada de la instrucción (mas no educación) en México: la calidad.

La frustración de aquellos que se prepararon días y noches enteros para quedarse en los planteles de su elección y no lograr un lugar, resulta lógica al saber que hay otros más que no hicieron el menor esfuerzo para ingresar a una institución educativa.

Los motivos de deserción escolar pueden ser variados: desde económicos hasta sociales. En la cuestión económica, sobra decir cuáles son. En lo social, va desde el entorno familiar hasta el de las amistades. Sin embargo, también entra la decisión personal de cada individuo de continuar o no con los estudios.

Atender todos los factores que inciden para que alguien acceda a la instrucción y termine desertando, es una labor compleja que no sólo requiere apoyo gubernamental, sino de otro orden. Lo que no se debería hacer sólo por obligación constitucional es permitir el ingreso a instituciones de educación a aquellos que no aprovecharán su lugar, y negárselo a quienes están absolutamente preparados. O ustedes, ¿qué opinan, amables lectores? Agradeceré sus comentarios.

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